Día de pellas

Su conciencia no podría soportarlo. Con ese pensamiento se alejaba del autobús escolar Guillermo acompasando sus pasos al insoportable tic tac proveniente de la mochila olvidada bajo su asiento vacío.

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Libres

Su conciencia no podría soportarlo. Ahora lo sabe. Por eso arroja los fósforos y entra corriendo en el edificio en llamas. Sube las escaleras hasta la quinta planta rezando para que no sea demasiado tarde. A través del humo ve a su jefe tendido en el suelo detrás de la fotocopiadora, agitando la mano demandando ayuda, el horrendo bigote chamuscado. Pasa de puntillas por encima de él cubriéndose la nariz y la boca con el pañuelo y llega hasta la ventana donde está la jaula. Ya en la calle, ni el escándalo de las sirenas consigue enmascarar el primoroso gorjeo que le apacigua el corazón.

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Recambios

Papá, ¿tú no tienes frío?, acostumbra a preguntarme por las noches el clon de mi Pablito empañando el cristal de la cápsula donde, monitorizados y a una temperatura constante de 196 grados bajo cero, sus órganos se conservan en perfecto estado.

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Basura

Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor, el pequeño Simón, oculto entre las sombras, vigilaba nervioso que no apareciera un coche de la policía o un vecino paseando al perro y se preguntaba en qué momento la persona más recta que conocía había abandonado la buena senda y empezado a arrojar juntos vidrio, papel y plástico.

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Bienvenidos

Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor por última vez, Miguelito, apremiado por el policía, retiró y enrolló cuidadosamente el felpudo.

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Silencio

De esa es de la que tú no quieres hablar y por eso me dices que ha refrescado, que ya tenemos el invierno encima, me preguntas por la mujer y los niños y me cuentas el último chiste de un inglés, un francés y un español para quejarte a continuación con aspavientos de qué mal está el mundo, de que ha subido la luz, la calefacción y el gasoil y todo por no recordar la última vez que coincidimos en este ascensor y cómo a la altura del quinto piso y por primera vez en tu vida, te quedaste de repente sin tema de conversación, callado como un muerto.

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Voilá

A grandes zancadas sobre las olas, justo cuando empieza a parecer más apurado y a punto de perder el equilibrio, el mago Flavio se saca el enésimo truco de la chistera y ante el asombro de su numeroso público y un prolongado batir de palmas desaparece magistralmente en la boca de un enorme tiburón blanco.

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