Maquillaje

Tanto visitante inesperado irritaba a Margot que me encargó la defensa del castillo. El foso no tenía agua y pasaban en oleadas sobre los caimanes supervivientes, trepaban las derruidas murallas y saqueaban a placer. Sin ejército ni oro para reunirlo, deambulaba por las callejuelas cada atardecer, encogido y tembloroso, con la cara salpicada de pintura negra, haciéndome el encontradizo. A la primera tos, al primer esputo rojizo,  saltaban desde las almenas o salían corriendo aterrados. Durante meses, conseguí a duras penas mantenerles alejados. Una noche, lavándome ante el espejo, descubrí que las manchas no se borraban. Después todo fue terriblemente más fácil.

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