A vivir que son 10 días

Se entrenaban para estar muertos. Ralentizaban los movimientos y la respiración al máximo y apenas consumían energía. Languidecían tumbados en el sofá frente al televisor desgreñados e indolentes y tan sólo lo abandonaban para arrastrarse hasta el  baño o la nevera vacía y alimentarse de sobras y congelados. El día 30, coincidiendo con el cobro del salario, resucitaban. Se acicalaban y buscaban la aprobación del espejo. Acudían entonces a las grandes superficies, a los restaurantes y a las tiendas de ropa. Quedaban con amigos, reían, bebían y bailaban, despreocupados al principio y con urgencia después, conscientes de la brevedad de sus vidas.

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