Comida familiar

Nuestros mismos ojos, junto al resto de órganos, no parecían gran cosa en aquella bandeja pero eran más bonitos que los ojos cibernéticos que nos estaban poniendo. Intenté decírselo, en un absurdo arranque de narcisismo, pero lo único que conseguí fue que mi  lengua aleteara un par de veces como un pez fuera del agua y empujara uno de mis testículos que cayó rodando perdiéndose por la rejilla de ventilación del platillo volante. Y esa es, señora, en resumidas cuentas, la  razón por la que su hija y yo podemos ver a través de las paredes pero no darle un nieto.

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Maquillaje

Tanto visitante inesperado irritaba a Margot que me encargó la defensa del castillo. El foso no tenía agua y pasaban en oleadas sobre los caimanes supervivientes, trepaban las derruidas murallas y saqueaban a placer. Sin ejército ni oro para reunirlo, deambulaba por las callejuelas cada atardecer, encogido y tembloroso, con la cara salpicada de pintura negra, haciéndome el encontradizo. A la primera tos, al primer esputo rojizo,  saltaban desde las almenas o salían corriendo aterrados. Durante meses, conseguí a duras penas mantenerles alejados. Una noche, lavándome ante el espejo, descubrí que las manchas no se borraban. Después todo fue terriblemente más fácil.

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Equilibrios

Suspiró profundamente y recogió dos cubiertos de plata sustituyéndolos por unos corrientes.  Esta vez no cometería el mismo error con Viktor y Alexei, los hermanos faquires.  Alejó los candelabros del tragafuegos y el jarrón chino del malabarista.  Enrolló la cuerda de tender ante la mirada de decepción del equilibrista y a falta de sitio, sentó a la contorsionista en una esquina. Finalmente, repasó todo y se sirvió una copa de vino, aliviada. No sabía que su marido llevaba meses engañándola con la mujer del lanzador de cuchillos. A los postres, parapetada tras su silla, añoró aquellos tiempos en que eran felices y comían con las manos.

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Familia numerosa

Suspiró profundamente y recogió dos cubiertos. En un rincón,  los quintillizos jugaban a piedra, papel o tijera sentados en cajas de la fruta. Al rato, Laura y Simón se levantaron, besaron a su madre y desfilaron con la cabeza gacha y las tripas rugiendo hacia sus camitas. Por segundo día consecutivo, las gallinas habían puesto tan sólo tres huevos.

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Últimas voluntades

Pero esta vez, ella lloró.  Tampoco lo tenía previsto, no lo había hecho al enterarse del accidente ni siquiera durante el funeral. Días más tarde, en la cubierta de aquel barco, el viento la despeinaba violentamente y la ceniza le ardía en los ojos.  Hasta después de muerto, su querido esposo había resultado ser un incordio.

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Sanseacabó

Y así, tontamente, acabe pegándome un tiro, pienso in extremis y salgo del establo con las patas en alto confiando en que la piel de cordero y el hocico manchado de sangre no sean pruebas concluyentes en el juicio. Poco puedo imaginar que las amapolas lo han visto todo.

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Clausura

-Naricilla respingona y un cuerpazo de escándalo –le explico esbozando en el aire su silueta con las manos y acompañándolo con un par de silbidos. Sin embargo, después de diez minutos describiéndole a la joven que me vendió ayer las yemas de San Leandro, la anciana madre superiora sigue ahí plantada tras los barrotes con la boca abierta y yo me empiezo a impacientar.

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